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martes, 26 de abril de 2011

Ocho propuestas urgentes para otra Europa


CADTM  



La crisis sacude a la Unión Europea hasta los cimientos. Para varios países la soga de la deuda pública se cierra sobre ellos y están asfixiados por los mercados financieros. Con la complicidad activa de los gobiernos, de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo y del FMI, las instituciones financieras responsables de la crisis se enriquecen y especulan sobre las deudas de los Estados. La patronal aprovecha la situación para lanzar una ofensiva brutal contra una serie de derechos económicos y sociales de la mayoría de la población.

La reducción del déficit público no debe hacerse reduciendo los gastos sociales públicos, sino luchando contra el gran fraude fiscal y gravando más el capital, las transacciones financieras, el patrimonio y las rentas de los más ricos. Para reducir el déficit, también es necesario reducir drásticamente los gastos de armamento, así como otros gastos socialmente inútiles y peligrosos para el medio ambiente. En cambio es fundamental aumentar los gastos sociales, especialmente para amortiguar los efectos de la depresión económica. Pero más allá hay que considerar esta crisis como una posibilidad de romper con la lógica capitalista y realizar un cambio radical de sociedad. La nueva lógica que hay que construir deberá romper con el productivismo, incluir la cuestión ecológica, erradicar las diversas formas de opresión [racial, patriarcal, etc.] y promover los bienes comunes.

Para eso es necesario construir un frente anticrisis, tanto a escala europea como localmente, con el fin de agrupar las energías para crear una relación de fuerza favorable a la puesta en práctica de soluciones radicales centradas en la justicia social y climática. Desde agosto de 2010 el CADTM ha formulado ocho propuestas relativas a la actual crisis europea |1|. El elemento central es la necesidad de proceder a la anulación de la parte ilegitima de la deuda pública. Para ello, el CADTM recomienda la realización de una auditoría de la deuda pública efectuada bajo control ciudadano. En determinadas circunstancias dicha auditoría deberá combinarse con la suspensión unilateral y soberana del reembolso de la deuda pública. El objetivo de la auditoría es llegar a la anulación/repudio de la parte ilegal de la deuda pública y a una fuerte reducción del resto de la deuda.

La reducción drástica de la deuda pública es una condición necesaria pero insuficiente para sacar a los países de la Unión Europea de la crisis. Hay que completarla con toda una serie de medidas de gran amplitud en diferentes ámbitos.

1. Realizar una auditoría de la deuda pública con el fin de anular la parte ilegitima

Una parte importante de la deuda pública de los Estados de la Unión Europea es ilegitima porque es el resultado de una política deliberada de gobiernos que decidieron privilegiar sistemáticamente a una clase social, la clase capitalista, y a otros sectores favorecidos, en detrimento del resto de la sociedad. La rebaja de impuestos sobre las rentas altas de las personas físicas, sobre sus patrimonios y sobre los beneficios de las empresas privadas, han llevado a los poderes públicos a incrementar la deuda pública con el fin de cubrir el agujero producido por esa rebaja. Así, dichos poderes públicos han aumentado fuertemente la carga impositiva sobre los hogares modestos que constituyen la mayoría de la población. A eso hay que añadir, desde 2007-2008, el rescate de las instituciones financieras privadas, responsables de la crisis, que ha costado muy caro a las finanzas públicas y ha hecho estallar la deuda pública. La disminución de los ingresos provocada por la crisis que han causado las instituciones financieras privadas, una vez más se ha tenido que cubrir con préstamos masivos. Ese marco general señala claramente la ilegitimidad de una parte importante de las deudas públicas. A eso se añade, en cierto número de países sometidos al chantaje de los mercados financieros, otras fuentes evidentes de ilegitimidad. Las nuevas deudas contraídas a partir de 2008 se han asumido en un contexto en el que los banqueros [y otras instituciones financieras privadas] utilizan el dinero conseguido de los bancos centrales a tipos de interés bajos para especular y obligar a los poderes públicos a aumentar las remuneraciones que éstos tienen que reembolsar. Además en países como Grecia, Hungría, Letonia, Rumania o Irlanda, los préstamos concedidos por el FMI se han combinado con condiciones que constituyen una violación de los derechos económicos y sociales de las poblaciones. Con el agravante de que esas condiciones, una vez más, favorecen a los banqueros y a las demás instituciones financieras. También por estas razones son ilegitimas. Finalmente, en algunos casos se ha hecho burla de la voluntad popular: por ejemplo, mientras que en febrero de 2011 una amplia mayoría de los irlandeses votó contra los partidos que hicieron regalos a los bancos y aceptaron las condiciones impuestas por la Comisión Europea y el FMI, la nueva coalición gubernamental continúa grosso modo la misma política que sus predecesores. Más generalmente, en algunos países se asiste a la marginación del poder legislativo en beneficio de una política de hechos consumados impuesta por el poder ejecutivo que pasa los acuerdos con la Comisión Europea y el FMI. A continuación el poder ejecutivo presenta al Parlamento ese acuerdo «lo tomas o lo dejas», que llega incluso a organizar un debate sin votación en asuntos de primer orden. La tendencia del poder ejecutivo a transformar el órgano legislativo en una oficina de registro se refuerza.

En ese inquietante contexto, sabiendo que antes o después una serie de Estados se enfrentará al riesgo concreto de la imposibilidad de pagar por falta de liquidez y que el reembolso de una deuda ilegitima es inaceptable por principios, conviene pronunciarse claramente por la anulación de las deudas ilegitimas. Anulación cuyo coste debe recaer sobre los culpables de la crisis, a saber, las instituciones financieras privadas.

Para los países como Grecia, Irlanda, Portugal o los países de Europa del Este [y los de fuera de la Unión Europea, como Islandia], es decir, los países que están sometidos al chantaje de los especuladores, del FMI y de otros organismos como la Comisión Europea, conviene recurrir a una moratoria unilateral del reembolso de la deuda pública. Esta propuesta se hace popular en los países más afectados por la crisis. A finales de noviembre de 2010 en Dublín, en una encuesta de opinión realizada por teléfono a cerca de 500 personas, el 57% de los irlandeses preguntados se pronunció a favor de la suspensión del pago de la deuda [«default» en inglés] más que por la ayuda de emergencia del FMI y Bruselas. «Default ! say the people» [el pueblo por la suspensión del pago] titulaba el Sunday Independent, principal diario de la isla. Según el CADTM, ese tipo de moratoria unilateral debe unirse a la realización de una auditoría de los préstamos públicos [con participación ciudadana]. La auditoría debe permitir que se aporten al gobierno y a la opinión pública las pruebas y los argumentos necesarios para la anulación/repudio de la parte de la deuda identificada como ilegitima. El derecho internacional y el derecho interno de los países ofrecen una base legal para ese tipo de acción soberana unilateral de anulación/repudio.

A los países que recurran a la suspensión del pago, con la experiencia sobre la cuestión de la deuda de los países del sur, el CADTM pone en guardia con respecto a una medida insuficiente, una simple suspensión del reembolso de la deuda, que puede revelarse contraproducente. Hay que hacer la moratoria sin añadido de intereses de demora sobre las sumas no reembolsadas.

En otros países como Francia, Gran Bretaña o Alemania, no es imperativo decretar una moratoria unilateral durante la realización de la auditoría. Pero también debe llevarse a cabo allí con el fin de determinar la amplitud de la anulación/repudio a la que habrá que proceder. En caso de deterioro de la coyuntura internacional la suspensión del pago pueden llegar a ser necesaria incluso para los países que se creen a salvo del chantaje de los prestamistas privados.

La participación ciudadana es la condición imperativa para garantizar la objetividad y la transparencia de la auditoría. Esta comisión de auditoría deberá estar compuesta especialmente por los diferentes órganos del Estado afectados, así como por auditores expertos de las finanzas públicas, economistas, juristas, constitucionalistas, representantes de los movimientos sociales… y permitirá determinar las distintas responsabilidades en el proceso de endeudamiento y exigir que los responsables, tanto nacionales como internacionales, rindan cuentas a la justicia. En caso de hostilidad de un gobierno con respecto a la auditoría, será necesario constituir una comisión ciudadana de auditoría sin participación gubernamental

En cualquier caso es legítimo que las instituciones privadas y las personas físicas de altas rentas que poseen los títulos de esas deudas asuman el coste de la anulación de deudas soberanas ilegitimas, ya que son ampliamente responsables de la crisis de la cual, por añadidura, se beneficiaron largamente. El hecho de que deban asumir el coste de la anulación no es más que una justa vuelta hacia una mayor justicia social. Es importante elaborar un registro de los propietarios de títulos con el fin de indemnizar a los ciudadanos y ciudadanas con rentas bajas y medias que haya entre ellos.

Si la auditoría demuestra la existencia de delitos relacionados con el endeudamiento ilegal, hay que condenar firmemente a sus autores a pagar las reparaciones y no permitir que se libren de las penas de cárcel en función de la gravedad de sus actos. Hay que exigir justicia contra las autoridades que pusieron en marcha los préstamos ilegales.

En cuanto a las deudas que no están afectadas de ilegitimidad, convendría imponer un esfuerzo a los acreedores en términos de reducción del stock y de los tipos de interés, así como una ampliación del período de reembolso. También seria conveniente efectuar una discriminación positiva a favor de los pequeños propietarios de títulos de la deuda pública que convendría reembolsar normalmente. Por otra parte, el montante de la parte del presupuesto del Estado destinado al reembolso de la deuda deberá limitarse en función de la situación de la economía, de la capacidad de reembolso de los poderes públicos y del carácter irreducible de los gastos sociales. Hay que inspirarse en lo que se hizo con Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. El Acuerdo de Londres de 1953 sobre la deuda alemana, que consistía, en particular, en reducir el 62% del stock de la deuda, estipulaba que la relación entre el servicio de la deuda y los ingresos de las exportaciones no debía sobrepasar el 5%. |2| Se podría definir una ratio de este tipo: la suma asignada al reembolso de la deuda no puede exceder el 5% de los ingresos del Estado. También hay que adoptar un marco legal para evitar que se repita la crisis que comenzó en 2007-2008 : prohibición de socializar las deudas privadas, obligación de organizar una auditoría permanente de la política de endeudamiento público con participación ciudadana, impre******ibilidad de los delitos relacionados con el endeudamiento ilegal, nulidad de las deudas ilegales…

2. Detener los planes de austeridad, son injustos y profundizan la crisis

De acuerdo con las exigencias del FMI, los gobiernos de los países europeos han optado por imponer a sus pueblos políticas de estricta austeridad, con claros recortes en el gasto público: jubilaciones en la función pública, congelación e incluso rebaja de los salarios de los funcionarios, reducción del acceso a algunos servicios públicos vitales y de protección social, retraso de la edad de jubilación. A la inversa las empresas públicas reclaman –y obtienen- un aumento de sus tarifas mientras que el coste del acceso a la sanidad y la educación también se revisa al alza. Crece el recurso a la subida de impuestos indirectos particularmente injustos, en especial el IVA. Las empresas públicas del sector competente se privatizan masivamente. Las políticas de austeridad que se ponen en práctica se están empujando a un nivel nunca visto desde la Segunda Guerra Mundial. De esta forma los efectos de la crisis se duplican por los presuntos remedios que se dirigen sobre todo a proteger los intereses de los propietarios de capitales. En resumen, ¡los banqueros beben, los pueblos pagan!

Pero los pueblos cada vez toleran menos la injusticia de esas reformas caracterizadas por una amplia regresión social. En términos relativos son los trabajadores, los parados y las familias más modestas quienes más tienen que contribuir para que los Estados continúen engordando a los acreedores. Y entre las poblaciones más afectadas las mujeres ocupan el primer puesto, ya que la actual organización de la economía y la sociedad patriarcal hace que caigan sobre ellas los desastrosos efectos de la precariedad, del trabajo parcial y mal pagado. Afectadas directamente por la degradación de los servicios sociales públicos, ellas pagan un precio muy alto. La lucha para imponer otra lógica es indisociable de la lucha por el respeto total de los derechos de las mujeres.

3. Instaurar una verdadera justicia fiscal europea y una justa redistribución de la riqueza. Prohibir las transacciones con los paraísos judiciales y fiscales. Luchar contra el fraude fiscal masivo de las grandes empresas y de los más ricos

Desde 1980 no han dejado de bajar los impuestos directos sobre las rentas más elevadas y las grandes empresas. Así en la Unión Europea, de 2000 a 2008, las tasas superiores del impuesto sobre la renta y el impuesto de sociedades bajaron respectivamente 7 y 8,5 puntos. Esos cientos de miles de millones de euros de regalos fiscales se orientaron esencialmente hacia la especulación y la acumulación de riquezas por parte de los más ricos.

Hay que diseñar una reforma profunda de la fiscalidad con el objetivo de la justicia social [reducir al mismo tiempo las rentas y el patrimonio de los más ricos para aumentar los de la mayoría de la población] armonizándola en el plano europeo con el fin de impedir el dumping fiscal. |3| Se trata de aumentar los ingresos públicos, especialmente por medio del impuesto progresivo sobre la renta de las personas físicas más ricas [la tasa marginal sobre el tramo más elevado de renta debe llevarse al 90% |4|], el impuesto sobre el patrimonio a partir de cierto montante y el impuesto de sociedades. Este aumento de los ingresos debe ir parejo con una rápida rebaja del precio del acceso a los bienes y servicios de primera necesidad [alimentos básicos, agua, electricidad, calefacción, transporte público, material escolar…] especialmente por una reducción fuerte y concreta del IVA de dichos bienes y servicios vitales. Se trata también de adoptar una política fiscal que favorezca la protección del medio ambiente gravando de forma disuasiva a las industrias contaminantes.

La Unión Europea debe adoptar una tasa sobre las transacciones financieras, especialmente sobre los mercados de intercambios, con el fin de aumentar los ingresos de los poderes públicos.

Los diferentes G20, a pesar de sus declaraciones de intenciones, en realidad se han negado a atacar a los paraísos judiciales y fiscales. Una medida sencilla para luchar contra los paraísos fiscales [que todos los años hacen perder a los países del norte, y también a los del sur, recursos vitales para el desarrollo de las poblaciones], consiste para un Parlamento en prohibir a todas las personas físicas y a todas las empresas presentes en su territorio realizar cualquier transacción que pase por los paraísos fiscales, bajo pena de una multa de un importe equivalente. Además hay que erradicar esos agujeros negros de las finanzas, de tráficos criminales, de corrupción y de delincuencia de cuello blanco.

El fraude fiscal priva a la colectividad de medios considerables y actúa contra el empleo. Los medios públicos consecuentes deben ponerse al servicio del ministerio de finanzas para luchar eficazmente contra ese fraude. Los resultados deben hacerse públicos y sancionar severamente a los culpables.

4. Poner en orden los mercados financieros, en especial por la creación de un registro de los propietarios de títulos, por la prohibición de las ventas a descubierto y la especulación en una serie de sectores. Crear una agencia pública europea de calificación

La especulación a escala mundial representa varias veces el total de las riquezas producidas en el planeta. Los sofisticados montajes de la mecánica financiera la vuelven totalmente incontrolable. Los engranajes que suscita alteran la estructura de la economía real. La opacidad sobre las transacciones financieras es la norma. Para gravar a los acreedores en el origen, es necesario identificarlos. La dictadura de los mercados financieros debe acabar y se debe prohibir la especulación en toda una serie de sectores. Es conveniente prohibir la especulación con los títulos de la deuda pública, con las divisas y con los alimentos. |5| También se deben prohibir las ventas a descubierto |6| y los Credit Default Swaps se deben regular estrictamente. Hay que cerrar los mercados de contratación directa de productos derivados, que son verdaderos agujeros negros que escapan a toda reglamentación y vigilancia.

El sector de las agencias de calificación también debe reformarse y enmarcarse estrictamente. Lejos de una herramienta de evaluación científica objetiva, esas agencias son, estructuralmente, partes interesadas de la globalización neoliberal y en varias ocasiones han desencadenado repeticiones de catástrofes sociales. En efecto, la rebaja de la nota de un país implica una subida de los tipos de interés sobre los préstamos que se le han concedido. En consecuencia la situación económica del país en cuestión se deteriora todavía más. El comportamiento borreguil de los especuladores multiplica las dificultades encontradas que pesarán todavía más duramente sobre las poblaciones. La marcada sumisión de las agencias de calificación a los medios financieros estadounidenses las convierte en actores principales a nivel internacional, y su responsabilidad en el desencadenamiento y la evolución de la crisis no ha sido suficientemente aclarada por los medios de comunicación. La estabilidad económica de los países europeos se ha dejado en manos de esas agencias de calificación, sin protección, sin medios serios de control por parte de los poderes públicos. Es imprescindible la creación de una agencia pública de calificación para escapar de este callejón sin salida.

5. Transferir los bancos al sector público bajo control ciudadano

Tras decenios de desviaciones financieras y privatizaciones ya es hora de pasar el sector crediticio al dominio público. Los Estados deben recuperar su capacidad de controlar y orientar la actividad económica y financiera. También deben contar con instrumentos para realizar inversiones y financiar el gasto público reduciendo al mínimo el endeudamiento con instituciones financieras privadas y/o extranjeras. Hay que expropiar los bancos, sin indemnización, y transferirlos al sector público bajo control ciudadano.

En algunos casos, la expropiación de los bancos privados puede representar un coste para el Estado debido a las deudas puedan haber acumulado. El coste en cuestión debe recuperarse del patrimonio general de los grandes accionistas. En efecto, las empresas privadas que son accionistas de los bancos y que los llevaron al abismo mientras obtenían jugosos beneficios, son propietarias de una parte de su patrimonio en otros sectores de la economía. Debe hacerse, pues, una punción en el patrimonio general de los accionistas. Se trata de evitar al máximo la socialización de las pérdidas. El ejemplo irlandés es emblemático. La forma en que se efectuó la nacionalización del Allied Bank irlandés es inaceptable. Hay que aprender de eso.

6. Socializar las numerosas empresas y servicios privatizados desde 1980

Una característica de los últimos treinta años ha sido la privatización de muchas empresas y servicios públicos. Desde los bancos al sector industrial pasando por correos, las telecomunicaciones, la energía y el transporte, los gobiernos han entregado al sector privado gran parte de la economía, perdiendo al mismo tiempo toda la capacidad de regularla. Esos bienes públicos, procedentes del trabajo colectivo, deben volver al sector público. Se trata de crear nuevas empresas públicas y adaptar los servicios públicos según las necesidades de la población para responder, en particular, a la problemática del cambio climático, por ejemplo con la creación de un servicio público de aislamiento térmico de las viviendas.

7. Reducir drásticamente las horas de trabajo para crear empleos y aumentar los salarios y las pensiones

Distribuir de otra forma la riqueza es la mejor respuesta a la crisis. La parte de la riqueza creada destinada a los trabajadores se ha reducido considerablemente desde hace varios decenios mientras los acreedores y las empresas han aumentado sus beneficios para dedicarlos la especulación. El aumento de los salarios no sólo permite que las personas vivan con dignidad, sino que también fortalece los medios utilizados para financiar la protección social y las pensiones.

Al reducir el tiempo de trabajo sin menguar los salarios y creando empleos, se mejora la calidad de vida de los trabajadores y se proporciona empleo a aquéllos que lo buscan. La reducción radical del tiempo de trabajo también ofrece la oportunidad de practicar un ritmo de vida diferente, una forma diferente de vivir en sociedad alejándonos del consumismo. El tiempo ganado para el ocio permitirá una mayor participación activa de las personas en la vida política, en el fortalecimiento de la solidaridad, en actividades de voluntariado y en la creatividad cultural.

8. Refundar democráticamente otra Unión Europea basada en la solidaridad

Varias disposiciones de los tratados que rigen la Unión Europea, la eurozona y el BCE deben derogarse. Por ejemplo, es necesario eliminar los artículos 63 y 125 del Tratado de Lisboa, que prohíben cualquier control de los movimientos de capitales y cualquier ayuda a un Estado en dificultades. También hay que abandonar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Y más allá, es necesario sustituir los tratados actuales por otros nuevos en el marco de un genuino proceso constituyente democrático para alcanzar un pacto de solidaridad de los pueblos a favor del empleo y la ecología.

Se debe revisar por completo la política monetaria así como la normativa y las prácticas del Banco Central Europeo. La incapacidad del poder político de obligar al BCE a emitir dinero es un obstáculo muy grave. Con la creación del BCE como entidad por encima de los gobiernos y de los pueblos, la UE tomó una decisión desastrosa, la del someter a los seres humanos a las finanzas y no a la inversa.

Mientras que muchos movimientos sociales denunciaron los rígidos y profundamente inadecuados estatutos, el BCE se ha visto obligado a cambiar de opinión en lo más álgido de la crisis modificando con urgencia el papel que le había sido asignado. Por desgracia el BCE accedió a hacerlo por razones equivocadas: no porque se tuvieran en cuenta los intereses de los pueblos, sino para preservar los de los acreedores. Es la prueba evidente de que hay que barajar y repartir las cartas de nuevo. El BCE debe tener el poder de financiar directamente a los Estados que desean lograr los objetivos sociales y medioambientales que integran perfectamente las necesidades básicas de la población.

En la actualidad, actividades económicas muy diferentes, como la inversión en la construcción de un hospital o un proyecto puramente especulativo, se financian de manera similar. El poder político debe, al menos plantearse, imponer costes muy diferentes a unos y otros: los bajos tipos de interés se deben reservar para inversiones socialmente justas y ambientalmente sostenibles, mientras que las tasas muy altas, incluso prohibitivas cuando la situación lo exige, deben aplicarse a las operaciones de tipo especulativo siendo también deseable que pura y simplemente se prohíban en ciertos sectores [véase más arriba].

Una Europa basada en la solidaridad y la cooperación debe dar la espalda a la competencia y la rivalidad que nivelan «por abajo». La lógica neoliberal ha conducido a la crisis y ha revelado su fracaso. Dicha lógica ha empujado los indicadores sociales a la baja: menos protección social, menos empleo, menos servicios públicos. Los que se han beneficiado de esta crisis lo han hecho pisoteando los derechos de la mayoría. ¡Los culpables han ganado, las víctimas pagan! Esta lógica, que subyace en todos los textos fundadores de la Unión Europea, comenzando por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, debe atacarse directamente: no se puede sostener. El objetivo prioritario debe ser otra Europa basada en la cooperación entre los Estados y la solidaridad entre los pueblos. Para ello, las políticas presupuestarias y fiscales no deben ser uniformes, ya que las economías europeas presentan grandes diferencias, pero hay que coordinarlas para que finalmente surja una nivelación «por arriba». Hay que imponer políticas globales a escala europea que incluyan inversiones públicas masivas para la creación de empleo público en áreas claves [de los servicios comunitarios a las energías renovables, de la lucha contra el cambio climático a los sectores sociales básicos].

Esta otra Europa democratizada debe, según el CADTM, trabajar para imponer principios no negociables: el fortalecimiento de la justicia fiscal y social, decisiones dirigidas a elevar el nivel y la calidad de vida de sus habitantes, el desarme y la reducción radical del gasto militar [incluida la retirada de las tropas europeas de Afganistán y la salida de la OTAN], optar por energías sostenibles sin recurrir a la nuclear, rechazo de los organismos modificados genéticamente [OGM]. También debe acabar resueltamente con su política de fortaleza sitiada frente a los inmigrantes y convertirse en un socio justo y verdaderamente solidario con los pueblos del Sur del planeta.

Traducido para Rebelión por Jorge Aldao y Caty R.

jueves, 10 de febrero de 2011

Entrevista: Jim Rogers "El euro no sobrevivirá y el dólar perderá su estatus de divisa mundial"

"El euro no sobrevivirá y el dólar perderá su estatus de divisa mundial"

Jose Luis de Haro / Nueva York

10/02/2011 - 5:42



Jim Rogers.

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En estos momentos tiene serias dudas sobre la forma en que la Unión Europea intenta solventar los problemas de los países periféricos. Eso sí, aunque vaticina la posible desaparición de la moneda única europea en estos momentos reconoce haber invertido en ella.



Rogers también asume la desaparición de la Reserva Federal o la fusión de las dos Coreas, algo que dará lugar a una nueva potencia económica en el continente asiático. En lo que se refiere a las divisas, Rogers se mantiene, como siempre, fiel al yuan, una inversión segura.



¿Cree que la crisis de deuda soberana podría acabar con el euro a corto plazo?



No, no creo y eso espero porque en estos momentos he invertido en el euro. Los europeos tienen serios problemas económicos y políticos en parte porque algunos países han gastado de forma desmesurada y ahora esos problemas se han vuelto en su contra. No me gusta la forma en que la Unión Europea ha decidido resolver sus problemas a través de rescates a los distintos miembros. Eso sí, al final, acabarán saliendo de esta crisis de alguna u otra forma pero sus tácticas han debilitado al euro, que no creo que sobreviva de aquí a 10 ó 15 años.



¿Veremos más rescates en el futuro?



Existen muchos países que necesitan ser rescatados, desde Portugal a España pasando por Bélgica o el Reino Unido. Estos países han gastado en exceso y más tarde o más temprano alguien tendrá que costear la factura. Me parece sorprendente que al final sean los ciudadanos los que paguen los platos rotos, creo que los que deberían pagar son las personas y políticos que cometen los errores. Habría que dejar que los bancos quebrasen, que los tenedores de deuda perdieran su dinero? esa sería mi solución pero yo no soy la UE. Me encantaría ver a la Eurozona decir a aquellos que han gastado más de la cuenta, que tienen que acogerse a la bancarrota y reestructurar su deuda. Es entonces cuando la UE ganaría una imagen de fuerza y credibilidad.



¿Esta crisis provocará la salida de algunos de los miembros de la UE?



Posiblemente. De momento continuarán juntos pero la situación acabará por debilitar al euro desde dentro de la propia UE, donde los niveles de deuda continuarán amontonándose. Desde mi punto de vista, cuando escuchamos los compromisos de Grecia, Portugal o Irlanda ninguno se compromete a reducir su deuda sino a que ésta no siga creciendo. De aquí a tres o cinco años estos países tendrán una mayor deuda y la situación va a ser mucho peor. Será en ese punto cuando veremos algunos países salir de la Eurozona, bien de forma voluntaria o forzados por la propia UE. A partir de entonces comenzará la decadencia del Euro.



¿Qué piensa de la recuperación económica en EEUU?



No existe una recuperación real en EEUU. Lo que pasa es que el gobierno está gastando sumas descomunales de dinero y aquellos que lo reciben parecen mejorar, pero la situación general es mucho peor. Los niveles de deuda no hacen más que crecer y la situación empeorará de aquí a un tiempo. No apoyo en absoluto las medidas de la Reserva Federal de comprar la basura que está comprando. La Fed ha cometido errores muy importantes y eso provocará que acabe por desaparecer.



¿Qué piensa sobre el escenario apocalíptico de Meredith Whitney y las bancarrotas locales?



Meredith Whitney siempre llega mal y tarde, aún así en algo ha acertado: va a haber más problemas con algunas ciudades y estados de EEUU. Algunas de ellas ya están en quiebra pero no se ha puesto de manifiesto porque el gobierno federal ha estado costeando parte de los gastos, aunque eso no puede sostenerse a medio plazo. El problema es que cuando esto colapse, el resultado será peor que la última crisis.



¿Dólar estadounidense o euro?



En estos momentos estoy invertido en ambas monedas pero básicamente por pesimismo no porque confíe en alguna de ellas en particular. No sé si mantendré mis inversiones en estas divisas de aquí a un año. Lo que tengo seguro es que el dólar perderá su estatus como divisa internacional. Honestamente creo que una de las mejores inversiones en estos momentos sería la divisa china, el yuan. El problema es que el remembí no es tan fácil de comprar o de vender como el euro o el dólar.



Hablando de China? ¿Cuál será el crecimiento para este año del gigante asiático?



En estos momentos China está intentando ralentizar su crecimiento, lo que desde mi punto de vista es correcto. Ha comenzado a subir los tipos y espero que continúe por ese camino porque no queremos su economía se sobrecaliente antes de tiempo. El gobierno chino quiere bajar el ritmo, algunas ciudades han demostrado tener una burbuja inmobiliaria, es bueno para todo el mundo que su economía modere su velocidad.



¿Qué otras economías asiáticas van a ser fuertes en el futuro?



Muchos, desde Vietnam hasta Sri Lanka?sin embargo hay que ser cauto sobre cuándo entrar. Creo que pronto habrá una fusión entre Corea del Norte y Corea del Sur y ello impulsará una situación muy interesante. De aquí a cinco años, o incluso antes. Antes o después habrá una guerra y alguna de las dos partes perderá y será absorbida por el vencedor. El resultado dará lugar a un país con gran éxito económico. De nuevo, es importante compra y entrar en un mercado cuando la situación es complicada, no esperar a que esté en su punto álgido.




miércoles, 9 de febrero de 2011

Michael Hudson; "Letonia y los "Tigres Bálticos", ¿modelo para Irlanda, España y Portugal?"





"Hay una alternativa, ni que decir tiene. Y es que los acreedores en la cúspide de la pirámide económica carguen con pérdidas. Eso restauraría los intensificados coeficientes Gini de desigualdad de ingresos y riquezas a los niveles, harto más bajos, de hace una o dos décadas. No hacerlo, significaría quedar atrapados en un nuevo tipo de tributo de clase extractor internacional, muy parecido al que impusieron los invasores vikingos de Europa hace mil años al apoderarse de las tierras e imponer un tributo. Hoy, lo que hacen es imponer cargas financieras a modo de neoservidumbre postmoderna que amenaza con devolver a Europa a su estado premoderno."



Letonia y los "Tigres Bálticos", ¿modelo para Irlanda, España y Portugal?

"¡Sed como Letonia!", urgen los banqueros y la prensa financiera a los gobiernos de Grecia, de Irlanda y ahora, también, de Portugal y España. "¿Por qué no ser como Letonia y sacrificar vuestra economía para pagar las deudas que contrajisteis durante la burbuja financiera?" La respuesta es que no pueden hacerlo, sin sufrir un colapso económico, demográfico y político que empeorará todavía más las cosas.

Hace sólo un año se reconocía que varias décadas de neoliberalismo habían destruido la economía estadounidense y la de muchos países europeos. Años de desregulación, de especulación y de falta de inversión en la economía real los han dejado con una desigualdad creciente y con una magra demanda de consumo, salvo la financiada incurriendo en deuda. Pero la prensa financiera y los decisores políticos neoliberales contraatacaron sirviéndose de los "Tigres Bálticos" como ariete paradigmático contra las políticas keynesianas de gasto y contra el modelo de la Europa social soñado por Jacques Delors.

Los analistas vieron en los resultados de las elecciones letonas del pasado octubre una vindicación de la eficacia de la austeridad para resolver la crisis económica. El mantra habitual –recitado nuevamente hace poco por The Economist— es que el honrado y taciturno primer ministro letón, Valdis Dombrovskis, ganó la reelección en octubre pasado, a pesar de haber impuesto las políticas fiscales y de austeridad más duras jamás adoptadas en tiempos de paz, porque un electorado "maduro" se habría percatado de su perentoria necesidad y desafió a la "sabiduría recibida" votando a un gobierno de austeridad.

El Wall Street Journal ha publicado no pocos artículos a favor de este punto de vista. En el último de ellos, Charles Doxbury abogaba por una estrategia letona de devaluación interna y austeridad como modelo a seguir por las naciones europeas en crisis. La idea más comúnmente argüida es que la caída libre de Letonia (la mayor entre todas las naciones desde la crisis de 2008) ha tocado finalmente fondo y que la recuperación, aun si muy frágil y harto modesta, está en camino.

Esa idea atrae a los banqueros que buscan evitar quiebras en la deuda privada y pública, en la esperanza de que la austeridad pueda llevar a la recuperación económica. Pero el modelo letón no es imitable. Letonia carece de un movimiento obrero con voz, y apenas cuenta con una modesta tradición de activismo que no se base en la etnicidad. Al contrario de lo que suele figurar en la prensa, sus políticas de austeridad distan mucho de ser populares. Las elecciones giraron en torno de asuntos étnicos, no fueron un referéndum sobre la política económica. Los étnicamente letones (la mayoría) votaron por partidos étnicamente letones (la gran mayoría, neoliberales), mientras que la considerable minoría rusófona (30 por ciento) votó con análoga disciplina por su partido (vagamente keynesiano).

Veinte años después de la independencia, las consecuencias de la emigración rusa a Letonia bajo la ocupación soviética siguen configurando las pautas del sufragio. A menos que otras economías puedan utilizar divisiones étnicas similares como cobertura de distracción, los dirigentes políticos que se propongan políticas de austeridad de tipo letón están condenados al naufragio electoral.

Aunque la crisis económica fue lo suficientemente profunda como para sacar a la calle a una población despolitizada en el invierno de 2009, el grueso de los letones no tardaron en hallar el camino de menor resistencia en la pura y simple emigración. La austeridad neoliberal ha generado pérdidas demográficas mayores que las deportaciones de Stalin en los años 40 (esta vez, empero, sin pérdida de vidas). A medida que los recortes en educación, asistencia sanitaria y otras infraestructuras sociales básicas amenazan cada vez más con socavar el desarrollo a largo plazo, los jóvenes prefieren la emigración al sufrimiento en una economía sin puestos de trabajo. Más del 12% de la población total (y un porcentaje mucho mayor de su fuerza de trabajo) trabaja ahora en el extranjero.

Por lo demás, los niños (los pocos que hay, habida cuenta del desplome de las tasas de matrimonio y nacimiento) han quedado atrás, en situación de orfandad; lo que ha llevado a los demógrafos a preguntarse por las posibilidades de supervivencia de este pequeño país. De modo, pues, que, a menos que otras economías europeas devastadas por la deuda y con poblaciones muy superiores a los 2,4 millones de habitantes de Letonia puedan encontrar mercados de trabajo que acepten a sus trabajadores desocupados como consecuencia de la austeridad financiera; a menos que eso ocurra, esta opción será inviable.

El crecimiento de un 3,3% previsto para Letonia en 2011 se menciona como prueba adicional del éxito de un modelo de austeridad que habría estabilizado tanto su crisis de mala deuda como su crónico déficit comercial financiado con préstamos hipotecarios en moneda extranjera. Dado que el PIB cayó un 25% durante la crisis, con tamaña tasa de crecimiento se tardaría una década entera sólo para recuperar las dimensiones de la economía letona de 2007. ¿Cómo habría este "rebote del gato muerto" [1] resultar suficientemente atractivo e inducir a otros Estados de la UE a lanzarse por el despeñadero fiscal?

La economía comparada, de todo punto política

A despecho de sus desastrosos resultados económicos y sociales, lo cierto es que el trauma neoliberal letón es idealizado por la prensa financiera y los políticos neoliberales, a fin de imponer austeridad en sus propias economías. Antes de la crisis global de 2008, los "Tigres Bálticos" eran celebrados como la vanguardia de las economías de libre mercado de la Nueva Europa. Los críticos de ese "milagro" económico –fundado en préstamos en moneda extranjera para financiar la especulación con propiedades y la adquisición de bienes públicos en proceso de privatización— fueron ninguneados y despreciados como obstinados negadores. Y ahora, sin perder comba, los comentaristas de turno se avilantan a presentarnos la opción letona por la austeridad como una política ejemplar para otras naciones.

La opción letona sirve a distintos señores. Permite a la prensa financiera seguir disparatando con la autocorrección de los mercados y con la idea de que la austeridad trae consigo prosperidad. El Banco central letón (respecto de cuya estridencia neoliberal, dicho sea de pasada, hasta el FMI ha expresado preocupación) desea una vuelta torera de honor que le absuelva de la puesta por obra de unas políticas que imponen sufrimiento masivo al pueblo letón. Y Washington y los neoliberales de la Unión Europea desean que otros países hagan suya la versión letona de la "Puerta Abierta" de China, cohonestada con un sistema dickensiano de protección social. La apertura a la penetración económica es el criterio de medida, y los bálticos la exhiben grado superlativo; ergo, son "exitosos", con independencia de lo bien o mal que su economía subvenga a las necesidades de su pueblo.

Dada la proximidad entre Letonia y Bielorrusia, es iluminador comparar el modo en que los neoliberales han evaluado sus economías. Letonia sufrió el peor colapso económico europeo en 2008 y 2009, con un continuado desempleo de dos dígitos. Su economía no experimentará crecimiento hasta el presente año (2011), y es lo más probable que el modesto crecimiento experimentado siga acompañado por una tasa de desempleo de dos dígitos. Una fracción enorme de su población ha evacuado el país, dejando atrás niños al cuidado de parientes, si no valiéndose por sí solos. La vecina Bielorrusia, que cuenta con pocas de las ventajas geográficas letonas (puertos y costas), tiene un PIB no mucho más bajo que el de Letonia. Bielorrusia experimentó un auge con tasas de crecimiento de doble dígito antes de la crisis, y mantuvo a su economía en el pleno empleo durante la crisis, muy lejos del colapso del 25% que desbarató a Letonia. Bielorrusia tiene también un coeficiente de Gini (índice de desigualdad) aproximadamente a la par con Suecia, mientras que Letonia se acerca más a los crecientes niveles de desigualdad que ahora caracterizan a los EEUU.

Y sin embargo, Letonia es declarada un éxito, y Bielorrusia, un fracaso. El World Factbook de la CIA recuerda a sus lectores que el buen rendimiento económico bielorruso ocurrió "a pesar de los escollos de una inflexible economía centralmente dirigida". Tal es la caracterización corriente de Bielorrusia. Pero lo que habría que preguntarse es si lo que su éxito refleja no son precisamente las virtudes de su planificación central. Letonia ha generado mayor libertad política para sus disidentes, pero Bielorrusia tiene menos desigualdad económica y menor deuda exterior.

Todas las economías que han existido en la historia han sido economías mixtas. No estamos defendiendo a la prensa del Camarada Lukachenho, ni menos su política represiva en Bielorrusia. Simplemente, no nos vamos al extremo opuesto de aplaudir el modelo neoliberal letón. Se puede criticar el sistema político bielorruso, sin tragarse la oligarquía electoral en que consiste la vida política letona. Pero, ganen o pierdan en materia de resultados económicos, el caso es que la prensa y los académicos occidentales proclaman ganadores a Letonia a y los hambreados Tigres Bálticos, mientas que Bielorrusia, sean los que quiera sus rendimientos económicos, sean los que fueren su méritos, es declarada perdedora. No se verá una sola mirada de comparación objetiva entre las economías de los dos países; nadie se molesta en examinar sobriamente dónde tienen éxito y dónde fracasan (también por sectores) con la vista puesta en las lecciones de todo ello derivables. Las comparaciones económicas son de todo punto políticas.

No estamos culpando a la nación letona por los crueles experimentos políticos neoliberales a que está siendo sometida; lo que está en cuestión es la comunidad global de decisores políticos, de intelectuales y de parte de las propias elites letonas: su persistencia en proseguir esa política fracasada y aun recomendarla a otros países como vía al crecimiento económico (cuando de lo que se trata es de un suicidio económico y demográfico). El pueblo letón sufrió las consecuencias devastadores de las dos guerras mundiales y de dos ocupaciones, lo que el neoliberalismo ha venido a coronar con la desmantelación de su industria y el hundimiento cada vez más profundo en la deuda –¡en moneda extrajera!— desde el logro de su independencia en 1991. El neoliberalismo ha generado una pobreza tan honda, que ha causado un éxodo de proporciones bíblicas al extranjero. Llamar a eso un paso económico hacia delante y una victoria de la razón económica no puede menos de recordarle a uno la caracterización que de las victorias militares imperiales romanas puso Tácito en boca del cabecilla celta Calgacus antes de la batalla de Monte Graupius: "Desertizan, y lo llaman paz".

A lo largo de los varios años que ambos llevamos visitando Letonia hemos sido testigos de un pueblo industrioso y talentoso, rebosante de gentes integérrimas aun inmersas en un medio corrupto. Lo que nos proponemos aquí es explicar por qué el fracasado "modelo letón", lejos de entenderse como una política a imponer quieras que no a Irlanda, Grecia y otros países europeos deudores, debería verse como un aviso de lo que otros países han de evitar a toda costa. Los dos hemos trabajado en la misma Letonia con el propósito de estimular allí un cambio de política. Lo que, después de todo, anda ahora en juego es el futuro de la democracia social europea y la continuación de la paz en una región devastada por guerras durante un milenio antes de 1950.

La Unión Europea nunca desarrolló mecanismos sostenibles de transferencia de capital desde sus economías más ricas hacia los países más pobres, especialmente en la periferia

El problema es que las dificultades económicas europeas arraigan no solamente en la prodigalidad, como comúnmente sostienen la prensa económica y muchos políticos; la deuda es una consecuencia de faltas estructurales financieras, económicas y fiscales en el diseño de la Europa postsoviética. En substancia: la Unión Europea nunca desarrolló mecanismos sostenibles de transferencia de capital desde sus economías más ricas hacia los países más pobres, especialmente en la periferia.

El orden de Bretton Woods tras la II Guerra Mundial fue parte de un sistema más hacedero de préstamos de reconstrucción y transferencias de capital entre una Europa rota por la guerra y los EEUU. La ayuda del Plan Marshall, acompañada de controles de capital e inversión pública para estimular el desarrollo económico y la independencia monetaria, permitió a las economías nacionales de la Europa occidental comprar importaciones procedentes de los EEUU y, al mismo tiempo, construir su propia capacidad exportadora y aumentar sus niveles de vida. No es que el sistema careciera de tachas, pero el deseo de evitar el anterior ciclo hemisecular de depresión económica y guerra (así como las crecientes preocupaciones dimanantes de la Guerra Fría) llevó a las economías de la Europa occidental a desarrollarse y sentar las bases de una ulterior integración continental.

El período post-Guerra fría luego de 1991 refleja pautas similares de subdesarrollo en la relación entre la Europa occidental rica y sus socios más pobres del Este y el Sur europeo. En vivo contraste con lo hecho tras la II Guerra Mundial, no se forjaron estructuras institucionales que confirieran a estas últimas economías capacidad de autosostenimiento. Al contrario: lo que consiguió el endeudamiento en moneda extranjera –señaladamente, en préstamos hipotecarios para la vivienda—, sin poner por obra los medios para su devolución, fue el resultado exactamente opuesto. 

Hoy, los Estados más ricos de la UE son economías manufactureras de alto valor añadido. La ampliación de la UE hace veinte años quedó marcada por unas exportaciones y unos créditos bancarios crecientes desde esas naciones ricas hacia las que han llegado a ser las economías en crisis de nuestros días; quedó marcada, por lo mismo, por unos crecientes niveles de deuda en el contexto de ventas y liquidaciones privatizadoras sin impuestos progresivos al ingreso y con unos reducidos impuestos a la propiedad de bienes raíces (un factor, este último, de la mayor importancia para entender las burbujas inmobiliarias). Durante esta pasada década, los países bálticos y de la Europa del este han financiado el grueso de su déficit comercial con préstamos procedentes de bancos suecos, austríacos y de otros países contra el colateral de bienes raíces e infraestructuras, que se compraban y recompraban con una deuda apalancada creciente. Eso no permitió sentar las bases y poner los medios para la devolución de esas deudas, salvo con una burbuja inmobiliaria continuamente hinchada que permitiera sostener los empréstitos en moneda extranjera con un volumen bastante a cubrir los crónicos déficits comerciales y las no menos crónicas fugas de capitales.

Lo que han hecho ahora los Estados bálticos es equilibrar su balanza por cuenta corriente, no produciendo más bienes y servicios, sino empobreciendo a su población. Sus planificadores neoliberales han destruido el consumo, no para crear capital para invertir, sino para pagar deudas a banqueros extranjeros. Así es como se están ajustando a la interrupción de los flujos de capital entrante procedentes de los bancos extranjeros, ahora que el préstamo generado por la burbuja inmobiliaria se ha secado. (Recuérdese, dicho sea de paso, que este préstamo exterior generado por la burbuja inmobiliaria interior fue en su momento calurosamente aplaudido por convertir a sus mercados inmobiliarios en "Tigres Bálticos" cabalgables por unos bancos que se enriquecieron con el proceso.) Los banqueros y la prensa financiera pintan este programa de austeridad diseñado para poder pagar a los bancos como un camino hacia adelante. Lo que dista por mucho de la realidad. Porque la cruda realidad es que tal programa hunde a esos países en una marea de títulos de deuda poseídos por unos acreedores que nunca se preocuparon demasiado por la forma en que las economías bálticas podrían pagar. Y pagar, sólo pueden hacerlo encogiendo la economía, emigrando y exprimiendo aún más implacablemente a los trabajadores.

La carga fiscal gravita mucho más pesadamente sobre el empleo que en Europa occidental de hace sesenta años, en el período de su reconstrucción. Los negocios con información interna privilegiada y el fraude financiero se han extendido por doquiera. Para colmo, la deuda denominada en euros para los miembros asociados se aseguraba ingresos en sus propias monedas locales. Y lo peor de todo: los bancos simplemente prestaban contra bienes raíces e infraestructuras ya existentes, en vez de financiar el incremento de la producción y la formación de capital tangible. A diferencia de las subvenciones de gobierno a gobierno del Plan Marshall, la política del Banco Central Europeo de centrarse en el préstamo bancario comercial lo único que produjo es una burbuja inmobiliaria. El préstamo bancario hinchó sus burbujas inmobiliarias y financió una transferencia de propiedad inmobiliaria, pero no la formación de mucho capital tangible nuevo que facilitara a las economías deudoras el pago de sus importaciones. Al contrario: sus deudas crecieron sin que se incrementara su capacidad de ingresos por el comercio exterior. Resultó, así pues, inevitable que todo el castillo de naipes terminara por desplomarse.

Al instituir las relaciones económicas de la UE, la teoría del libre mercado asumió que la inversión directa y el préstamo bancario proporcionarían el capital necesario para ayudar a las regiones económicas más pobres a acortar distancias. Ese supuesto se reveló infundado. Los bancos prestaban contra bienes raíces y otros activos ya existentes, hinchando sus precios a crédito. Lo que es ahora preciso enjugar es el gasto de deuda y otras secuelas relacionadas de esta filosofía económica de mente estrecha.

Todo eso sirvió a los grandes exportadores de la UE, pero no desarrolló una estabilidad de alcance europeo fundada en un crecimiento económico de mayor envergadura. Sin la amenaza acechante de la guerra o la intimidación política de Rusia, las naciones más ricas de Europa pusieron proa a una liberalización comercial y a unas privatizaciones que aceleraron la desindustrialización en el antiguo bloque soviético. A los miembros de la Europa meridional se les hizo entrar en la eurozona, con su moneda fuerte y sus estrictas limitaciones en el gasto público, lo que impidió que esos países pudieran desarrollar sus manufacturas al modo como en su día habían hecho la Europa occidental y los Estados Unidos.

Ese estado de cosas no podía durar mucho, porque el Este europeo fue reconstruido de manera tal, que se hizo dependiente de la importación y quedó financieramente subordinado al Oeste: más, pues, como una región colonial que como socio de pleno derecho. Y como ocurre con las regiones coloniales, el Oeste se convirtió en el destino de las fugas de capitales, a medida que se vendía propiedad inmobiliaria a crédito y los ganancias salían de las cleptocracias y las oligarquías esteeuropeas y sudeuropeas. La moneda extranjera con que devolver los préstamos bancarios que estaban hinchando los precios de los bienes raíces se obtenía tomando todavía más a préstamo a fin de hinchar todavía más los precios de la propiedad inmobiliaria: la definición clásica de un esquema Ponzi. En este caso, los bancos europeos jugaron el papel de nuevos entrantes en este esquema piramidal, organizando las economíaas postsoviéticas como una vasta cadena de letras que suministraban el dinero para mantener el flujo de la espiral alcista.

El problema fue que el crédito sólo se concedía para alimentar los bienes raíces y para financiar la exportación de bienes de una Europa occidental dependiente de la exportación (con su Política Agrícola Común de excedentes de cosechas) a un Este desindustrializado y agrícolamente no modernizado. La expansiva deuda piramidal tenía que colapsar, porque no se pusieron los medios para devolverla.

Hubo una vaga esperanza de que los niveles de desarrollo económico terminaran igualándose en toda la UE, como si el préstamo bancario y las compras y tomas de control empresarial extranjeras pudieran llevar a una mayor homogeneidad, y no a una mayor polarización financiera. El problema fue que la Unión Europea veía a sus nuevos miembros como mercados para los bancos y los exportadores existentes (lo que incluía también el verlos como base de dumping y precios predatorios para sus excedentes agrícolas), no como nuevos miembros precisados de ayuda para hacerse económicamente autosostenibles, ni tampoco como países en los que pudieran levantarse sistemas financieros nacionales viables por sí propios.

La gran cuestión: o hundir a la propia economía para pagar la deuda a unos bancos que fueron irresponsables o cargar a la banca con pérdidas y salvar la prosperidad y una mínima igualdad social

Dadas las restricciones que el euro pone a sus países miembros, se comprende que las naciones y los bancos acreedores de la UE quieran resolver esta crisis con una "devaluación interna": salarios más bajos, menos gasto público y recortes en los niveles de vida, es decir, medidas que posibiliten la devolución de la deuda. Es la vieja doctrina del FMI que fracasó estrepitosamente en el Tercer Mundo. Diríase que esta doctrina en pleno proceso de resurrección en Europa.

La política de la UE parece consistir en que los ingresos de los asalariados y los ahorros de los jubilados rescaten a los bancos de su herencia de malas hipotecas y otros préstamos que no pueden ser devueltos (salvo yendo de cabeza a la miseria). ¿Entienden Grecia e Irlanda, y ahora tal vez también Portugal y España, el modelo que se les está exigiendo emular? ¿Qué dosis de "medicina letona" pueden llegar a tragar estos países?

Si sus economías se encogen y se hunde el empleo, ¿a dónde emigrará su fuerza de trabajo? Sin inversión pública, ¿cómo llegarán a ser competitivos? La vía tradicional para las economías mixtas es el suministro público de infraestructura a precios de coste o a precios subsidiados. Pero si los gobiernos, como se dice, "se labran su camino de salida de la deuda" vendiendo sus infraestructuras públicas a compradores privados que las compran a crédito (¡con cargas de intereses fiscalmente desgravables!) que lo que hacen es plagar la economía de peajes extractores de renta, esas economías seguirán quedando más y más rezagadas y serán aún más incapaces de honrar sus deudas. Y el atraso en los pagos se resolverá en una curva de crecimiento exponencial del interés compuesto.

Las naciones y los bancos acreedores de la UE están buscando resolver la crisis por una vía que no les cueste mucho dinero. Lo mejor, dicen, dada la imposibilidad en que se hallan las economías en crisis de depreciar su moneda, es la "devaluación interna" la (austeridad salarial), conforme al modelo letón. Los bancos y los tenedores de bonos cobrarán a partir de los préstamos de rescate del FMI y de la UE.

El problema es la austeridad impuesta con los existentes niveles de deuda. Si los salarios (y por lo tanto, los precios) declinan, la carga de la deuda (ya suficientemente elevada en términos históricos comparativos) se hará más pesada. Es lo que sufrieron los EEUU a fines del siglo XIX, cuando el nivel de precios fue inducido a la baja para "restaurar" el oro a su precio anterior a la Guerra Civil (y anterior, pues, al billete verde). El candidato presidencial William Jennings Bryan se desgañitaba crucificando al trabajo en la cruz del oro en 1896. Es el mismo problema que había experimentado antes Inglaterra, luego del Tratado de Gante que puso fin a las Guerras Napoleónicas en 1815. Aparte de la miseria y de las tragedias humanas que se multiplicarán como consecuencia de ella, la austeridad fiscal y salarial es económicamente autodestructiva. Creará una espiral bajista de la demanda que llevará al conjunto de la UE a la recesión.

El problema básico es si es deseable para las economías sacrificar su crecimiento e imponer la depresión –y niveles de vida más bajos— para beneficio de los acreedores. Raramente en la historia ha sido ese el caso, salvo en contextos de acrecida guerra de clases. Así pues, ¿qué harán los letones, los griegos, los irlandeses, los españoles y otros europeos cuando su trabajo sea crucificado por la "devaluación interna" perdiendo poder adquisitivo para pagar a los acreedores extranjeros?

Lo que se precisa es un botón de reinicialización de la filosofía económica y fiscal de la UE. De cómo lidie Europa con esta crisis dependerá si su historia sigue el curso pacífico de mutuo beneficio y prosperidad económica tan preciado en los manuales de ciencia económica o la espiral bajista de la austeridad que tan impopulares ha hecho a los planificadores del FMI en las economías deudoras.

¿Es esa la senda en la que quiere embarcarse Europa? ¿Ese es el destino que aguarda al proyecto de una Europa social de Jacques Delors? ¿Es eso lo que esperaban los ciudadanos de Europa cuando adoptaron el euro?

Hay una alternativa, ni que decir tiene. Y es que los acreedores en la cúspide de la pirámide económica carguen con pérdidas. Eso restauraría los intensificados coeficientes Gini de desigualdad de ingresos y riquezas a los niveles, harto más bajos, de hace una o dos décadas. No hacerlo, significaría quedar atrapados en un nuevo tipo de tributo de clase extractor internacional, muy parecido al que impusieron los invasores vikingos de Europa hace mil años al apoderarse de las tierras e imponer un tributo. Hoy, lo que hacen es imponer cargas financieras a modo de neoservidumbre postmoderna que amenaza con devolver a Europa a su estado premoderno.

NOTA T.: [1] "Dead cat bounce", o "rebote del gato muerto", es una expresión derivada del dicho inglés común: Even a dead cat will bounce if it is dropped from high enough! ("Hasta un gato muerto rebota, si se lo arroja desde la altura suficiente)", y ha pasado a engrosar la jerga metafórica del mundo financiero anglosajón actual: apunta a un rebote más o menos sostenido de un valor o de un título, tras un fuerte y duradero desplome; pero el valor en cuestión, como el gato, sigue muerto, y yacer inerte en el suelo es su destino.

Michael Hudson trabajó como economista en Wall Street y actualmente es Distinguished Professor en la University of Misoury, Kansas City, y presidente del Institute for the Study of Long-Term Economic Trends (ISLET). Su dedicación a los problemas de las economías postsoviéticas, y especialmente la letona, le ha llevado a ser comisionado recientemente, por parte de la coalición de izquierda letona Centro de la Armonía, como economista jefe de la Reform Task Force Latvia, un think tank encargado de elaborar una política económica alternativa para ese país báltico. Es autor de varios libros, entre los que destacan: Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire (nueva ed., Pluto Press, 2003) y Trade, Development and Foreign Debt: How Trade and Development Concentrate Economic Power in the Hands of Dominant Nations (ISLET, 2009). Jeffrey Sommers es codirector del Baltic Research Group en el ISLET y profesor visitante en la Stockhol School of Economics de Riga.

Traducción para Revista Sin Permiso Mínima Estrella